14/11/13

LA SOLEDAD

LA SOLEDAD

por Chelo J. Rodríguez

 
Gélido invierno en esas pocas hojas mortecinas de un único y lánguido árbol.
Se abre el horizonte gris adivinado apenas tras la neblina.
La tierra seca se parte en zig-zag exhalando un humo denso, oscuro y putrefacto entre sus huecos, sin raíces que crezcan ni agua que las alimente.
Se escucharía el volar de los pájaros si hubieran pájaros. Se movería tenuemente el toldo de la casa si hubiera casa.
Tampoco hay un tiempo de horas que puedan suponer un lamento.
No asoma la luna que pueda enfrentarse al sol.
Sin camino marcado en el alma marchita de algún depredador.
Se otea alrededor y ni un crujido que alivie el silencio, el frío, el vacío, ningún paso que se acerque, o se aleje.
La nada.
Si hubiera algo, algo que respirara, que latiera en la penumbra, algo que esperara, o llegara, o bien muriera.
Debería el cielo quebrarse para enseñar una luz, un claro, para dejar caer una alondra que el cuervo devorase.
Debería ascender el fuego y derrotar a todo aquello que se fue, aniquilar su huella y su aroma... sólo para volver al antes, al principio, al momento aquel en que al menos un soplo se escuchaba de vez en cuando.
En medio de esa nada estaba ella. Desnuda, agarrotada, con los ojos tan abiertos como girasoles, ella sola.
 
 
 


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