14/12/12

SIN RUMBO FIJO

 ¡Fóllame!

Ese fue mi último pensamiento al mirarle. Estaba tan sumamente atractivo enrollado entre las sábanas que se revolvieron las tripas en mi interior. Me resultaba difícil dejarle para siempre, pero debía hacerlo. Tuve la tentación de acercarme a su cuerpo, revolverle de nuevo el cabello castaño siempre caído sobre la frente, pasar el dedo por sus labios gruesos que tanto placer me habían dado, acariciar una vez más sus muslos firmes, su cintura compacta, su falo poderoso, que calmara por fin mi humedad permanente, pero no era posible. Suspiré levemente, sequé unas breves gotas de sudor que resbalaban por mi cuello y salí de la habitación. Caminé de puntillas por la casa, cargada con la bolsa de mis pequeñas cosas viajeras, cansadas casi tanto como yo del incesante ir y venir de un lado a otro, sin un especial rumbo a seguir ni un objetivo definido que conseguir. Me aproximaba a la treintena y todavía no había permanecido más de tres meses seguidos en un mismo sitio, ni con un mismo hombre. No estaba en mi naturaleza asentarme en un lugar fijo y entregarme a la rutina, mas ya empezaba a pesarme el cambio constante de todas las cosas. Merodeé sigilosamente por las habitaciones echando un último vistazo. Lo hacía siempre antes de irme, para llevarme dentro los recuerdos, para que mi piel resultara impregnada de todo el placer vivido entre esas paredes, y así conservarlo y que se acumulara en la epidermis.

Me quedé unos minutos en la cocina, junto a la mesa, pasando mi dedo por la superficie rugosa y desgastada con restos aún de harina. Habíamos reproducido la famosa escena entre Jack Nickolson y Jessica Lange en “El cartero siempre llama dos veces”. Yo le había estado esperando vestida con un conjunto de sujetador y tanga de encaje negro, con una bata blanca por encima, más parecida a una enfermera que a una camarera, pero daba igual, la luz tenue palió la diferencia, no sólo eso, contribuyó a que nuestros cuerpos ardientes se rozaran con más pasión y ansiedad sobre aquella tabla enharinada. Él me tumbó abriéndome las piernas, metiendo su cadera entre ellas, rompió los botones de la bata y bajándome el sujetador lamió mis pezones con insistencia, ávido de dulce pastel recién hecho. También me rompió el tanga y tras unos interminables minutos de locuaces caricias por mis muslos, por fin hundió su lengua gruesa y caliente entre los pliegues de mi vagina. Se deleitó a conciencia el muy cabrón, y a mí me transportó a un caótico túnel de espasmos incontrolables. Manoteé efusiva para acallar los gemidos que furiosos se desbordaban de mi garganta, pero él me agarró de las muñecas, y aquella presión dominante redobló sin piedad el temblor de mis entrañas. Luego arrastró mi cuerpo agradecido hacia el borde de la mesa, me levantó las piernas sobre sus hombros y sin ningún atisbo de indecisión, me penetró hasta lo más profundo. Dos o tres veces sin salir, empujando sus testículos contra mis nalgas, acariciando el clítoris con los dedos, después sacó su miembro y volvió a meterlo una cuarta parte. Lo sacó y lo metió en mí unas cuantas veces más, con total acierto y satisfacción, hasta dejarlo todo dentro cubriendo por completo el hueco de mi sexo. Restregándose por mis labios húmedos me llevó de nuevo a la locura, y él conmigo descargó su blanco éxtasis al son de un grito extraordinario. La respiración retornó acompasada a nuestros pulmones, más a los suyos que a los míos ya que una vez más, empinado y prepotente, me hizo suya de manera vigorosa. Nos llevamos el paquete de harina al dormitorio y repetimos la escena en la cama sin darnos tregua alguna que sofocara nuestra agitación.

Se me hacía difícil, pero debía marcharme. Con un suspiro desconsolado y sin haber dejado ninguna nota aclaratoria, salí de la casa en silencio con el recuerdo aún en mis ojos de su cuerpo jadeante sobre mi dócil cuerpo saciado.

Dónde me llevarían mis pasos, no lo sabía. Pero estaba segura que no muy lejos encontraría un nuevo amante de cuyos besos se imprimaría mi avariciosa nuca.

Tiré mi dado de la suerte. Si sale par voy a la derecha, si sale impar, a la izquierda. Salió el cuatro y giré hacia la avenida. Las cafeterías levantaban sus persianas al nuevo día y según pasaba por delante oía el sonido espumoso de las cafeteras. Imaginar el vapor saliendo a presión provocó una sonrisa en mi rostro y mi boca se humedeció bajo el deseo de un rico café con leche. Entré en una que me pareció hermosa, por sus cortinas bordadas en un suave color aguamarina que contrastaban salvajemente con el frío mármol de las mesas, de esas de café nostálgico y bohemio. Me pareció un buen lugar y un buen momento para elaborar nuevos esquemas que rompieran con los anteriores, pues nunca me ha gustado arrastrar pesados equipajes en la memoria que no tuvieran que ver con el placer de los sentidos. El camarero puso en la mesa lo que le había pedido. Un humeante café con leche en una taza de porcelana esperaba mis labios ansiosos, mi garganta golosa de reconfortante calor y energía, pero dí prioridad a la ensaimada. Dibujé un corazón sobre el azúcar glasé, ensimismada bajo la atenta mirada del joven camarero, pero enseguida atravesé el dibujo con una flecha y le pegué un mordisco masticando con ganas. Mientras sorbía el café con leche, riquísimo y cremoso, abandoné la vista tras los finos cristales de la ventana. El amanecer ya vencido era cálido y prometedor, su dulce aroma de primavera hervía mi sangre deleitando mis pensamientos. Y no pensaba precisamente en el pasado, ni siquiera el reciente, me concentraba en el futuro inmediato, porque no sabía muy bien por dónde tirar. Podría volver a casa, a la seguridad del hogar paterno, a los acogedores y benevolentes brazos de mi mamá que siempre me perdonaba hiciera lo que hiciera, aunque bien es cierto que nunca hice nada, al menos que se enterara, que pudiera herirla o hacerla sentir vergüenza. Y si se enterara de ciertas cosas, me perdonaría igual. Una madre siempre será una buena madre si tiene una buena hija. Y yo lo era. Otro asunto eran mis secretos íntimos, pero como secretos y como íntimos, jamás se los contaría. No porque no tuviera confianza con ella, sino porque tal vez se escandalizara un poco. Sonreí con picardía y el joven camarero debió de comprenderme, pues se acercó a mí y me preguntó con dulzura si necesitaba algo especial. Le miré fijamente relamiendo mis labios con lentitud, provocándole con un sutil gesto de invitación a un viaje extraordinario de imprevisibles consecuencias. Miró el reloj y me hizo una señal inequívoca de ir al baño privado del local. Me lo pensé unos segundos ya que en mi mente estaba la intención de un cambio sustancial en mi proceder con los hombres. Pero sus redondos y ávidos ojos de un azul perversamente intenso me hicieron decidir que mis planes bien podían esperar un poco más. Allí nos metimos y él cerró la puerta con cerrojo. Con absoluta agilidad me subió sentándome en el lavabo. Me abrió las piernas y bajó mis bragas de encaje. Metió su mano hambrienta por el escote de mi blusa y jugueteó un momento con mis pechos mientras su boca jugosa recorría la curva de mi cuello. Gimoteé como si se tratara de una niña que descubre la travesura del amor por primera vez. Me deshice de su abrazo impetuoso y arrodillándome a la altura de su cintura, le abrí la bragueta y saqué su miembro erecto para lamerlo pausadamente. Su hermosura vigorosa tembló en el frágil equilibrio al que se veía obligado. La tortura de sus espasmos sacudió al fin sobre mis mejillas todo el contenido que el joven camarero guardaba celoso a la espera de una hembra como yo. No hubo palabras entre medias, él continuó firme y arriesgó en mi interior a seguir un camino de potencia asombrosa. Exhaustos y callados, calmamos con el agua fresca el fuego que se resistía a extinguirse de nuestros cuerpos. No me dejó pagar la cuenta y salí hacia mi destino caminando con pasos ebrios sobre el asfalto inestable.

Acabé con la bolsa de mis pequeñas cosas en un hostal coqueto y discreto que ofrecía limpieza y tranquilidad. Estaría ahí unos días sopesando la disposición de volver a casa. Los primeros días fueron buenos y ciertamente tranquilos. Me descubrí inesperadamente renovada y en mis habitualmente infernales sentidos encontré descabellados deseos que jamás imaginé. No eran corporales sino más bien de índole desconocida, tan peligrosos como atractivos. Tuve que salir para desahogarme definitivamente, ya que el resultado de mis reflexiones estaba próximo a ejecutarse.

A la carrera intenté evaporar el ardoroso instinto que me poseía, pero cualquier refugio resultaba vano, las estrategias no funcionaban. Agotada y desilusionada me dejé caer en el más profundo abismo de perdición. Eso pensaba yo.

Escondida entre la multitud reparé en unos labios que se fruncían al mirarme. La solidez de mis caderas se resintió con notoriedad y devolviéndole la mirada quise ya estar bajo el yugo de su poderoso emblema. Él correspondió a mis instintos acercándose a mi lado. Su perfume varonil embriagó hasta la última de mis células corporales. Deseaba ser poseída de inmediato por semejante ejemplar de fornido cuerpo. La imaginación me dolía de tantos pensamientos lascivos, la humedad se me filtró por todas partes de manera incontrolada y él se dio cuenta. Sonrió con aquellos labios provocadores y tormentosos que yo necesitaba en cada pliegue de mi piel. Lo necesitaba con premura, con desgarradora ansiedad. Lo necesitábamos yo y cada una de las partes de mi ardiente cuerpo.

Nos fuimos casi sin hablar hasta su apartamento. Lo tenía todo muy bien organizado, muy masculino, muy funcional. Los muebles justos y la cama enorme. El baño limpio con toallas limpias. Limpio también estaba su cuerpo para que yo lo usara hasta volverme loca. Me invitó primero a una copa que bebí de un trago para calmar un poco la sed que me oprimía desde la garganta hasta el interior de mis muslos. Inusitadamente él me quitó la copa de la mano, me cogió en brazos y me tumbó en la cama. Dijo su nombre, ¿tenía un nombre?, no lo escuché. Abrí los brazos de par en par suplicándole que comenzara de inmediato. Él desabrochó los botones de mi blusa con insoportable parsimonia, estampó esos labios pecaminosos en mi escote y en mi ombligo, me retorcí como una serpiente desesperada en el ataque. Bajó los tirantes del sujetador y humedeció mis hombros con su lengua de lobo. Mis piernas atraparon sus caderas y se enredaron como salvajes lianas. Su boca y la mía se pegaron en un sinfín de acuosos besos mientras mis manos anhelantes dibujaban surcos en su espalda. Su cintura se confundió con la mía y lo mismo estábamos el uno encima que abajo, o de lado. Cuando por fin pude desnudarle por completo, apareció ante mí su impresionante mástil. No pude menos que soltar un gemido anticipado. Él sonrió ligeramente presuntuoso, pero no me dejó acercarme a lo más íntimo de su virilidad, me hizo sufrir de deseo hasta agotarme. Su lengua ágil y fogosa paseó inmisericorde por mis nalgas, lentamente, recreándose entre ellas hasta hacerme bajar de la montaña rusa en que me había montado. Luego destrozó el contorno de mi cuello y mis pezones espigados, pensé que los gemidos atravesarían las paredes, y me daba igual. Sigue, sigue, es lo único que pude decir. Cuando ya creía que a punto de morir de placer estaba, él entretuvo sus dedos ensalivados en mi labios inferiores mientras su confiada lengua se introducía entre mi lengua. Cruelmente se apartó y bajó su boca donde tenía los dedos. Acarició mi clítoris con sus labios y alcanzó mi punto G. Clavé mis uñas en su espalda, sin compasión ninguna, al ritmo de mis espasmos orgásmicos, incapaz de controlar el chorro de mi saliva. Desbordada de excitación le obligué a tumbarse boca abajo. Le levanté las piernas y las caderas y me deslicé bajo su arrogante verga acogiéndola en mi boca con avidez. Era tal la dureza que tuve que improvisar con mis mejores herramientas de amortiguación. Su explosión agridulce inundó mis labios deslizándose feroz por mi barbilla y tras unos minutos de descanso que creí eternos, finalmente sumergió su eficaz torpedo en el túnel de mi cañón y la guerra se desató sin amnistía que valiera. Quedé vencida por completo, nunca una derrota había resultado tan satisfactoria y placentera y quise recuperarme para continuar, pero mis piernas trémulas se rebelaron airadas y tuve que aplazar el combate para una próxima vez. Allí le dejé tumbado, mirando para el recuerdo sus blancas y firmes nalgas y agradeciéndole con un beso el ardoroso cumplir de su estandarte.

En los siguientes días el sol lució esplendoroso y mi sonrisa también. Decidí cambiar el rumbo y darme un merecido descanso, dejando para otra ocasión los devaneos impúdicos que mi mente inagotable se empeñaba en derrochar.

Así es cómo fue mi particular odisea de lujuriosas costumbres desde que salí de casa hasta que volví a los brazos protectores de mi mamá.

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