19/12/12

EL MONSTRUO

La noche era muy oscura, totalmente oscura, demasiado para los humanos, lo cual a mí me venía muy bien. Debía aprovechar tan cruel oscuridad para conseguir mi propósito. Me hallaba ya muy cerca de la ciudad, a unos pocos kilómetros que recorrería en pocos minutos dada la alta velocidad que alcanzo al correr. Mi respiración no se aceleraba, mis patas no sentían ningún cansancio, mi olfato me guiaba sin equivocación en esa noche oscura y peligrosa, tan silenciosa, que tanto temen los humanos. La ventaja estaba de mi parte. Mi instinto percibía el miedo, las ganas de huir, el inútil escondite que trataban de buscar, sí, todo sería inútil para ellos cuando yo llegara, y cada vez estaba más cerca, cerca de ellos, oliendo el terror en su piel. No sé cómo lo haría, por dónde empezaría mi masacre, a quién despedazaría primero, confiaba en mis años de práctica, en mi habilidad natural, en mi destreza, y también en mi odio. Mi sed de venganza no tenía límites, ya casi estaba al borde de la locura.

Mis ataques iban siendo cada vez más violentos, más sangrientos, y más ingeniosos. Sabía que los humanos me ponían trampas, algunos me estarían esperando con las armas preparadas, turnándose la guardia, tomando cualquier clase de preparado que les mantuviera los ojos abiertos, impacientes por capturarme. Todo inútil.

La noche era mi aliada, supongo que eso ellos lo entendían, pero aun así se esforzaban en intentar apresarme. Por más inteligentes que fueran, yo lo era más, y más rápido. Les había visto muchas veces en sus refugios, a través de las ventanas, les había olisqueado casi a medio metro de sus pies, y ellos ni se habían dado cuenta. Intuía sus movimientos antes de que los hicieran. No entendía sus palabras, pero sí sus gestos, captaba perfectamente su estado de ánimo en el tono de su voz. Podía escuchar el ritmo de sus latidos, la sangre fluyendo acelerada en el interior de sus venas, sus cuellos blandos y sugerentes esperando la embestida de mis colmillos. La imagen de sus cuerpos tiernos desgarrados por mis zarpas me turbaba sobremanera, me relamía compulsivamente y mis pupilas dilatadas reverberaban como estrellas en la noche oscura. Mi único punto débil. Debía calmarme si no quería que mi ansiedad me delatara.

Ya estaba llegando. Sólo me quedaba cruzar la carretera y estaría entre ellos.

Me senté sobre las patas traseras y fijé la vista en la primera casa. El silencio era sobrecogedor. La inquietud me embargaba, la excitación del peligro aumentó mi secreción salivar. Babeaba impunemente sobre el asfalto ligeramente mojado. Estuve así unos minutos, calculando mis posibilidades, olfateando a

mi alrededor para detectar los atajos en caso de huida. También para detectar dónde estaban ellos. Estaban cerca, demasiado quizá. Pero eso no me importaba. Mis tácticas eran muy buenas, totalmente eficaces, asquerosamente devastadoras para los humanos. No sería la primera vez que me encontraría con alguna trampa. El sempiterno hoyo en el suelo camuflado con ramas secas, los hilos punzantes que no se ven, el pedazo de carne putrefacta bajo una red casi invisible, la alarma que suena ante la presencia animal, y otras tantas bobadas, tan fastidiosas como ineficaces. ¡Con cuánta facilidad se ilusionan esos pobres seres erguidos! ¡Y con cuán suma facilidad caen sin remedio en sus admirables errores! En el fondo les admiro un poco por su simplicidad cotidiana. En cambio mi mente funciona sin esquemas. La vida o la muerte, el mejor salvoconducto para la superación y la resistencia.

¿Quién escapa el primero de un incendio, el cobarde o el que está más cerca de la salida?

Quien me aprese se convertirá en un héroe, exhibirá mi cuerpo inerme atado de las patas a un palo, me paseará orgulloso por las callejuelas hasta llegar a la plaza mayor, le harán homenajes y contará su historia una y otra vez, y la historia pasará de generación en generación, tal vez su nombre quede grabado en una placa con letras doradas, por los siglos de los siglos.

Quien sea capaz de apresarme se convertirá en una leyenda. ¡Alabados sean los hombres! Los que queden en pie tras mi paso.

Me acerqué a la casa sigilosamente, no detecté señales de peligro. Merodeé alrededor con cautela, las sombras se encargaban de protegerme, aun así no debía descuidarme, cualquier mínima distracción podía suponer mi muerte. Mi hocico y mis orejas permanecían en alerta constantemente, mis patas dispuestas a huir velozmente en cualquier momento, el pelaje del lomo se me erizaba, mis ojos expectantes y curiosos. Me sorprendió encontrar la puerta de la casa entreabierta, me llegó un suave olor a restos de comida jugosa, era excesivamente tentador, me relamí. Todo indicaba que se trataba de una trampa. Entonces oí los susurros. Corrí hacia la parte posterior del refugio para tratar de ver por alguna rendija o por algún cristal, pero estaba todo cerrado y en calma. Una falsa alarma. Se había levantado una ligera brisa y el columpio del árbol se mecía con rechinamiento. Se veía oxidado, debía estar sin utilizar demasiado tiempo, eso que los humanos consideran demasiado tiempo y que para una bestia como yo no tiene consistencia. Para mí el tiempo apenas cuenta, no me rijo por un ajuste de horas ni de días, lo mido a través de la luz y de la oscuridad, a través de las estaciones, según el frío o el calor,

según las necesidades, según otras cosas que los humanos no perciben, tan incompletos ellos.

Estuve merodeando un poco más, podría haber entrado en la casa, incluso el fuego del hogar permanecía caliente, y recostarme ahí sin que nadie se diera cuenta, pero el riesgo me indujo a marcharme. Recorrí un par de senderos hasta la siguiente casa.

Las tinieblas pesaban convirtiendo la noche en un objeto cercado de inseguridad, con la brisa se mezclaba el retumbo de mis pezuñas, ágiles y feroces, que parecían bailar sobre el camino de tierra que me introdujo en la casa. Un pequeño jardín inacabado. Señales inequívocas de vida humana en reposo. Un desorden algo caótico reinaba en la primera estancia, podría ser lo habitual o un suceso inesperado, con ellos nunca se sabe. Avancé con reticencia hacia la cocina, el olor imperante era extraño, como podrido, me acerqué al cubo de basura, con el hocico retiré la tapa, olisqueé en el interior, papeles, inmundicias que no alimentaban mi estómago, los nervios incipientes me sobresaltaron fugazmente. Me levanté sobre mis patas traseras y me asomé al fregadero, del grifo se escapaban las gotas con languidez. Me llegó la cadencia de la respiración de un habitante. El plomizo silencio era espeluznante, podía ver la sombra de mi monstruosidad acercándose apurada hacia el dormitorio. En el lecho una figura enjuta y quebradiza mediocremente tapada con un harapo, ennegrecida por la desidia. Me provocó un par de arcadas. Mis ansias se acrecentaron. Mis colmillos refulgieron en su cuello. El sabor de su sangre era amargo, insuficiente, enfermizo, muy efímero. No colmó mi necesidad ni mis propósitos. Pero me quedaba mucha oscuridad por delante. Parecía fácil.

Me encaminé con avaricia al siguiente sendero. La baba rojiza bordeaba húmeda mi hocico insaciable. Pude escuchar mis propios gruñidos. La impaciencia me devoraba salvajemente aniquilando cualquier código de piedad. El reguero de sangre cubriría aquella noche el valle.

El siguiente refugio era diferente. Unas luces centelleantes imprimían calidez y armonía a la entrada. Las flores del jardín se ofrecían hermosas. Giré la vista hacia el recoveco derecho, alarmado, tan sólo era una fuente sobre un pequeño lago artificial. Las puertas estaban cerradas, pero me colé por una de las ventanas que, no sé si intencionadamente, habían dejado entreabierta. Olisqueé de nuevo con profusión. Rompí el perturbador silencio con el rugido de mis jadeos. Nada se movió. La crueldad de la noche forzada y el inminente siniestro perturbaron mi ágil embestida. Una contradicción, una horrible contrariedad. La odiosa ternura de los hombres encrespó mi pelaje.

El sudor de su sueño alteró mi salvaje y desgarradora intención. Estaba en la cama, era un niño, casi un bebé. Me asomé a través de la puerta, el cachorro dormía plácidamente ajeno a su suerte, con las manitas juntas apoyadas en el pecho. Primero le miré concienzudamente, resoplando, luego levanté las patas delanteras y las apoyé al borde del lecho, con los colmillos a punto. Un sonido ronco y desesperanzador me hizo retroceder, un grito ahogado me tumbó contra el otro lado, bajo la ventana. Aullé miserablemente, con violencia, con terrorífica hostilidad. Pero más terror había en sus ojos, los dos humanos intentaban ahuyentarme con un grueso palo, la hembra permanecía detrás, con el rostro húmedo y desencajado, su mirada entre la mía y su cachorro. El macho me hostigaba, pálido de desesperación y fragilidad. Temblaba mi hocico por las contracciones, mis gruñidos eran temibles, a pesar de ello, la hembra consiguió alcanzar a su retoño, lo envolvió en sus brazos gimoteando con desolación. Todo a punto de concluir, también la noche que se evaporaba fundiéndose con mi aliento. Retrocedí con benevolencia y ellos respiraron de nuevo. Intensos segundos de miradas cruzadas, quizá gratitud.

De un salto atravesé la ventana rompiendo el cristal, corrí por el sendero, crucé la carretera refugiándome en el bosque, entre las sombras que nunca me abandonan, relamiendo los recuerdos que me fluyen inconscientes, como relamo mis patas heridas, tan hondas heridas que me impiden olvidar el cuerpo exánime de mi cachorro, mi lindo cachorro que ellos me arrebataron condenándome a una vida de venganza y desgarro. Mis pupilas se apagan inteligentemente.

Pero no para siempre. Esta noche aterradora no ha podido ser, mas vendrán otras noches, y el espeluznante aullido del monstruo volverá a salir de mi garganta.

14/12/12

SIN RUMBO FIJO

 ¡Fóllame!

Ese fue mi último pensamiento al mirarle. Estaba tan sumamente atractivo enrollado entre las sábanas que se revolvieron las tripas en mi interior. Me resultaba difícil dejarle para siempre, pero debía hacerlo. Tuve la tentación de acercarme a su cuerpo, revolverle de nuevo el cabello castaño siempre caído sobre la frente, pasar el dedo por sus labios gruesos que tanto placer me habían dado, acariciar una vez más sus muslos firmes, su cintura compacta, su falo poderoso, que calmara por fin mi humedad permanente, pero no era posible. Suspiré levemente, sequé unas breves gotas de sudor que resbalaban por mi cuello y salí de la habitación. Caminé de puntillas por la casa, cargada con la bolsa de mis pequeñas cosas viajeras, cansadas casi tanto como yo del incesante ir y venir de un lado a otro, sin un especial rumbo a seguir ni un objetivo definido que conseguir. Me aproximaba a la treintena y todavía no había permanecido más de tres meses seguidos en un mismo sitio, ni con un mismo hombre. No estaba en mi naturaleza asentarme en un lugar fijo y entregarme a la rutina, mas ya empezaba a pesarme el cambio constante de todas las cosas. Merodeé sigilosamente por las habitaciones echando un último vistazo. Lo hacía siempre antes de irme, para llevarme dentro los recuerdos, para que mi piel resultara impregnada de todo el placer vivido entre esas paredes, y así conservarlo y que se acumulara en la epidermis.

Me quedé unos minutos en la cocina, junto a la mesa, pasando mi dedo por la superficie rugosa y desgastada con restos aún de harina. Habíamos reproducido la famosa escena entre Jack Nickolson y Jessica Lange en “El cartero siempre llama dos veces”. Yo le había estado esperando vestida con un conjunto de sujetador y tanga de encaje negro, con una bata blanca por encima, más parecida a una enfermera que a una camarera, pero daba igual, la luz tenue palió la diferencia, no sólo eso, contribuyó a que nuestros cuerpos ardientes se rozaran con más pasión y ansiedad sobre aquella tabla enharinada. Él me tumbó abriéndome las piernas, metiendo su cadera entre ellas, rompió los botones de la bata y bajándome el sujetador lamió mis pezones con insistencia, ávido de dulce pastel recién hecho. También me rompió el tanga y tras unos interminables minutos de locuaces caricias por mis muslos, por fin hundió su lengua gruesa y caliente entre los pliegues de mi vagina. Se deleitó a conciencia el muy cabrón, y a mí me transportó a un caótico túnel de espasmos incontrolables. Manoteé efusiva para acallar los gemidos que furiosos se desbordaban de mi garganta, pero él me agarró de las muñecas, y aquella presión dominante redobló sin piedad el temblor de mis entrañas. Luego arrastró mi cuerpo agradecido hacia el borde de la mesa, me levantó las piernas sobre sus hombros y sin ningún atisbo de indecisión, me penetró hasta lo más profundo. Dos o tres veces sin salir, empujando sus testículos contra mis nalgas, acariciando el clítoris con los dedos, después sacó su miembro y volvió a meterlo una cuarta parte. Lo sacó y lo metió en mí unas cuantas veces más, con total acierto y satisfacción, hasta dejarlo todo dentro cubriendo por completo el hueco de mi sexo. Restregándose por mis labios húmedos me llevó de nuevo a la locura, y él conmigo descargó su blanco éxtasis al son de un grito extraordinario. La respiración retornó acompasada a nuestros pulmones, más a los suyos que a los míos ya que una vez más, empinado y prepotente, me hizo suya de manera vigorosa. Nos llevamos el paquete de harina al dormitorio y repetimos la escena en la cama sin darnos tregua alguna que sofocara nuestra agitación.

Se me hacía difícil, pero debía marcharme. Con un suspiro desconsolado y sin haber dejado ninguna nota aclaratoria, salí de la casa en silencio con el recuerdo aún en mis ojos de su cuerpo jadeante sobre mi dócil cuerpo saciado.

Dónde me llevarían mis pasos, no lo sabía. Pero estaba segura que no muy lejos encontraría un nuevo amante de cuyos besos se imprimaría mi avariciosa nuca.

Tiré mi dado de la suerte. Si sale par voy a la derecha, si sale impar, a la izquierda. Salió el cuatro y giré hacia la avenida. Las cafeterías levantaban sus persianas al nuevo día y según pasaba por delante oía el sonido espumoso de las cafeteras. Imaginar el vapor saliendo a presión provocó una sonrisa en mi rostro y mi boca se humedeció bajo el deseo de un rico café con leche. Entré en una que me pareció hermosa, por sus cortinas bordadas en un suave color aguamarina que contrastaban salvajemente con el frío mármol de las mesas, de esas de café nostálgico y bohemio. Me pareció un buen lugar y un buen momento para elaborar nuevos esquemas que rompieran con los anteriores, pues nunca me ha gustado arrastrar pesados equipajes en la memoria que no tuvieran que ver con el placer de los sentidos. El camarero puso en la mesa lo que le había pedido. Un humeante café con leche en una taza de porcelana esperaba mis labios ansiosos, mi garganta golosa de reconfortante calor y energía, pero dí prioridad a la ensaimada. Dibujé un corazón sobre el azúcar glasé, ensimismada bajo la atenta mirada del joven camarero, pero enseguida atravesé el dibujo con una flecha y le pegué un mordisco masticando con ganas. Mientras sorbía el café con leche, riquísimo y cremoso, abandoné la vista tras los finos cristales de la ventana. El amanecer ya vencido era cálido y prometedor, su dulce aroma de primavera hervía mi sangre deleitando mis pensamientos. Y no pensaba precisamente en el pasado, ni siquiera el reciente, me concentraba en el futuro inmediato, porque no sabía muy bien por dónde tirar. Podría volver a casa, a la seguridad del hogar paterno, a los acogedores y benevolentes brazos de mi mamá que siempre me perdonaba hiciera lo que hiciera, aunque bien es cierto que nunca hice nada, al menos que se enterara, que pudiera herirla o hacerla sentir vergüenza. Y si se enterara de ciertas cosas, me perdonaría igual. Una madre siempre será una buena madre si tiene una buena hija. Y yo lo era. Otro asunto eran mis secretos íntimos, pero como secretos y como íntimos, jamás se los contaría. No porque no tuviera confianza con ella, sino porque tal vez se escandalizara un poco. Sonreí con picardía y el joven camarero debió de comprenderme, pues se acercó a mí y me preguntó con dulzura si necesitaba algo especial. Le miré fijamente relamiendo mis labios con lentitud, provocándole con un sutil gesto de invitación a un viaje extraordinario de imprevisibles consecuencias. Miró el reloj y me hizo una señal inequívoca de ir al baño privado del local. Me lo pensé unos segundos ya que en mi mente estaba la intención de un cambio sustancial en mi proceder con los hombres. Pero sus redondos y ávidos ojos de un azul perversamente intenso me hicieron decidir que mis planes bien podían esperar un poco más. Allí nos metimos y él cerró la puerta con cerrojo. Con absoluta agilidad me subió sentándome en el lavabo. Me abrió las piernas y bajó mis bragas de encaje. Metió su mano hambrienta por el escote de mi blusa y jugueteó un momento con mis pechos mientras su boca jugosa recorría la curva de mi cuello. Gimoteé como si se tratara de una niña que descubre la travesura del amor por primera vez. Me deshice de su abrazo impetuoso y arrodillándome a la altura de su cintura, le abrí la bragueta y saqué su miembro erecto para lamerlo pausadamente. Su hermosura vigorosa tembló en el frágil equilibrio al que se veía obligado. La tortura de sus espasmos sacudió al fin sobre mis mejillas todo el contenido que el joven camarero guardaba celoso a la espera de una hembra como yo. No hubo palabras entre medias, él continuó firme y arriesgó en mi interior a seguir un camino de potencia asombrosa. Exhaustos y callados, calmamos con el agua fresca el fuego que se resistía a extinguirse de nuestros cuerpos. No me dejó pagar la cuenta y salí hacia mi destino caminando con pasos ebrios sobre el asfalto inestable.

Acabé con la bolsa de mis pequeñas cosas en un hostal coqueto y discreto que ofrecía limpieza y tranquilidad. Estaría ahí unos días sopesando la disposición de volver a casa. Los primeros días fueron buenos y ciertamente tranquilos. Me descubrí inesperadamente renovada y en mis habitualmente infernales sentidos encontré descabellados deseos que jamás imaginé. No eran corporales sino más bien de índole desconocida, tan peligrosos como atractivos. Tuve que salir para desahogarme definitivamente, ya que el resultado de mis reflexiones estaba próximo a ejecutarse.

A la carrera intenté evaporar el ardoroso instinto que me poseía, pero cualquier refugio resultaba vano, las estrategias no funcionaban. Agotada y desilusionada me dejé caer en el más profundo abismo de perdición. Eso pensaba yo.

Escondida entre la multitud reparé en unos labios que se fruncían al mirarme. La solidez de mis caderas se resintió con notoriedad y devolviéndole la mirada quise ya estar bajo el yugo de su poderoso emblema. Él correspondió a mis instintos acercándose a mi lado. Su perfume varonil embriagó hasta la última de mis células corporales. Deseaba ser poseída de inmediato por semejante ejemplar de fornido cuerpo. La imaginación me dolía de tantos pensamientos lascivos, la humedad se me filtró por todas partes de manera incontrolada y él se dio cuenta. Sonrió con aquellos labios provocadores y tormentosos que yo necesitaba en cada pliegue de mi piel. Lo necesitaba con premura, con desgarradora ansiedad. Lo necesitábamos yo y cada una de las partes de mi ardiente cuerpo.

Nos fuimos casi sin hablar hasta su apartamento. Lo tenía todo muy bien organizado, muy masculino, muy funcional. Los muebles justos y la cama enorme. El baño limpio con toallas limpias. Limpio también estaba su cuerpo para que yo lo usara hasta volverme loca. Me invitó primero a una copa que bebí de un trago para calmar un poco la sed que me oprimía desde la garganta hasta el interior de mis muslos. Inusitadamente él me quitó la copa de la mano, me cogió en brazos y me tumbó en la cama. Dijo su nombre, ¿tenía un nombre?, no lo escuché. Abrí los brazos de par en par suplicándole que comenzara de inmediato. Él desabrochó los botones de mi blusa con insoportable parsimonia, estampó esos labios pecaminosos en mi escote y en mi ombligo, me retorcí como una serpiente desesperada en el ataque. Bajó los tirantes del sujetador y humedeció mis hombros con su lengua de lobo. Mis piernas atraparon sus caderas y se enredaron como salvajes lianas. Su boca y la mía se pegaron en un sinfín de acuosos besos mientras mis manos anhelantes dibujaban surcos en su espalda. Su cintura se confundió con la mía y lo mismo estábamos el uno encima que abajo, o de lado. Cuando por fin pude desnudarle por completo, apareció ante mí su impresionante mástil. No pude menos que soltar un gemido anticipado. Él sonrió ligeramente presuntuoso, pero no me dejó acercarme a lo más íntimo de su virilidad, me hizo sufrir de deseo hasta agotarme. Su lengua ágil y fogosa paseó inmisericorde por mis nalgas, lentamente, recreándose entre ellas hasta hacerme bajar de la montaña rusa en que me había montado. Luego destrozó el contorno de mi cuello y mis pezones espigados, pensé que los gemidos atravesarían las paredes, y me daba igual. Sigue, sigue, es lo único que pude decir. Cuando ya creía que a punto de morir de placer estaba, él entretuvo sus dedos ensalivados en mi labios inferiores mientras su confiada lengua se introducía entre mi lengua. Cruelmente se apartó y bajó su boca donde tenía los dedos. Acarició mi clítoris con sus labios y alcanzó mi punto G. Clavé mis uñas en su espalda, sin compasión ninguna, al ritmo de mis espasmos orgásmicos, incapaz de controlar el chorro de mi saliva. Desbordada de excitación le obligué a tumbarse boca abajo. Le levanté las piernas y las caderas y me deslicé bajo su arrogante verga acogiéndola en mi boca con avidez. Era tal la dureza que tuve que improvisar con mis mejores herramientas de amortiguación. Su explosión agridulce inundó mis labios deslizándose feroz por mi barbilla y tras unos minutos de descanso que creí eternos, finalmente sumergió su eficaz torpedo en el túnel de mi cañón y la guerra se desató sin amnistía que valiera. Quedé vencida por completo, nunca una derrota había resultado tan satisfactoria y placentera y quise recuperarme para continuar, pero mis piernas trémulas se rebelaron airadas y tuve que aplazar el combate para una próxima vez. Allí le dejé tumbado, mirando para el recuerdo sus blancas y firmes nalgas y agradeciéndole con un beso el ardoroso cumplir de su estandarte.

En los siguientes días el sol lució esplendoroso y mi sonrisa también. Decidí cambiar el rumbo y darme un merecido descanso, dejando para otra ocasión los devaneos impúdicos que mi mente inagotable se empeñaba en derrochar.

Así es cómo fue mi particular odisea de lujuriosas costumbres desde que salí de casa hasta que volví a los brazos protectores de mi mamá.