28/5/12

IMAGINAR PARA VIVIR


Soy escritora, o al menos intento serlo. Para ello hago uso de mi desbordante y terrible imaginación.
¡Ah, la imaginación!
Puede ser buena para escribir, para leer, para soñar, para aliviar las penas o aumentarlas, pero cuando llega el momento de la vida real, la imaginación se puede convertir en un verdugo implacable y letal.
A mí incluso me han insultado alguna vez por tener fantasías. Me han criticado, se han burlado, me han hecho de menos, me han negado como amiga y otras cosas que no quiero imaginar.
Pero yo necesito la imaginación precisamente para eso, para salir a ratos de la vida real, para poder sumergirme en vidas y en historias que no son las mías, para poder encontrar un momento de descanso y un lugar donde esconderme. Para hacerlo todo a mi medida, a mi ritmo, a mi conveniencia. La necesito para que todo me salga bien.
Y entonces me doy cuenta que soy víctima de ese poder infinito, la imaginación es mi cárcel y no mi libertad.
Si no imaginara no existiría el futuro, tampoco el pasado.
No existiría el dolor, tampoco la sonrisa.
No existiría el amor, tampoco los cielos azules.
No existiría el vacío, tampoco el mundo perfecto.
Que me critiquen, que me insulten, que me hagan de menos, que me rechacen, pero yo necesito la imaginación para vivir, para sentirme viva, para escribir, para soñar, para escapar, para ser yo como soy sin que a nadie le importe.
Aunque sufra.

8/5/12

LA LECTORA EMBELESADA


Ella no era la chica más hermosa que uno pudiera encontrar, ni tampoco era la más alegre, a decir verdad, siempre la vi con una tristeza profunda en sus ojos extraños. Su piel pálida de porcelana causaba envidia a la misma luna llena y yo caí en ella como un lobo hipnotizado. Era callada y orgullosa, esquiva, déspota e insoportablemente atormentada.
En la cafetería siempre sentada en la misma mesa, leyendo compulsivamente el mismo libro, una y otra vez. Lo acababa y volvía a empezar. Yo la miraba y no sé si ella se daba cuenta. Con sus rizos cayendo en los hombros al mismo ritmo que latía su corazón, intermitentemente.
Me enamoré de ella sin remedio. Sin conocerla. Sin saber su nombre. Sin saber si ella alguna vez vio en mí algo más que una sombra sentada en la mesa de al lado.
Me extasiaba al ver sus manos pasar las páginas de aquel libro infinito, de vez en cuando sus labios finos, suavemente maquillados de rosa, se contraían en un gesto indefinible, o se separaban con levedad haciendo saltar todos los resortes de mi instinto masculino. Me hubiera gustado salvarla de esa lectura que la aprisionaba como a un lechón sin futuro, me hubiera gustado llevarla a mi casa y protegerla con mis abrazos. Toda ella en su rareza parecía tan frágil, tan necesitada, tan despiadadamente ignorada…tan descaradamente bella.
En ningún momento de todos aquellos meses en los que pude contemplarla, osé acercarme a ella siquiera para preguntarle la hora, ¡dichosas palabras que separaban sus ojos de los míos!
Algunos días en la terraza, el viento revolvía sus cabellos y con una gracia de niña salvaje, ella los retiraba de su rostro embelesado. Qué hubiera dado yo por agarrar esa mano suya tan pequeña e intensa, y llevármela por paisajes imaginados. No sé que historias nublarían su mente mientras leía sin interrupción, no sé qué locuras singulares tramaría en su soledad, pero sí sé lo que me hubiera gustado compartir con ella.
¡Qué idiota fui de no acercarme nunca!
Hasta que ya no la vi. Un día “su” mesa estaba vacía, sin ella leyendo, sin su libro en las manos, sin su cabello alborotado, sin su osada y desconcertante figura entremetida en las líneas. Cuánta desesperación. Ni al mes siguiente, ni al otro. Me atreví a preguntar y no supieron contestarme. Tal vez fue un sueño de mi emborronada mente fugaz. Quise volver a soñar y no pude. Qué maldito sueño fue aquel que me hizo tan feliz.