19/12/12

EL MONSTRUO

La noche era muy oscura, totalmente oscura, demasiado para los humanos, lo cual a mí me venía muy bien. Debía aprovechar tan cruel oscuridad para conseguir mi propósito. Me hallaba ya muy cerca de la ciudad, a unos pocos kilómetros que recorrería en pocos minutos dada la alta velocidad que alcanzo al correr. Mi respiración no se aceleraba, mis patas no sentían ningún cansancio, mi olfato me guiaba sin equivocación en esa noche oscura y peligrosa, tan silenciosa, que tanto temen los humanos. La ventaja estaba de mi parte. Mi instinto percibía el miedo, las ganas de huir, el inútil escondite que trataban de buscar, sí, todo sería inútil para ellos cuando yo llegara, y cada vez estaba más cerca, cerca de ellos, oliendo el terror en su piel. No sé cómo lo haría, por dónde empezaría mi masacre, a quién despedazaría primero, confiaba en mis años de práctica, en mi habilidad natural, en mi destreza, y también en mi odio. Mi sed de venganza no tenía límites, ya casi estaba al borde de la locura.

Mis ataques iban siendo cada vez más violentos, más sangrientos, y más ingeniosos. Sabía que los humanos me ponían trampas, algunos me estarían esperando con las armas preparadas, turnándose la guardia, tomando cualquier clase de preparado que les mantuviera los ojos abiertos, impacientes por capturarme. Todo inútil.

La noche era mi aliada, supongo que eso ellos lo entendían, pero aun así se esforzaban en intentar apresarme. Por más inteligentes que fueran, yo lo era más, y más rápido. Les había visto muchas veces en sus refugios, a través de las ventanas, les había olisqueado casi a medio metro de sus pies, y ellos ni se habían dado cuenta. Intuía sus movimientos antes de que los hicieran. No entendía sus palabras, pero sí sus gestos, captaba perfectamente su estado de ánimo en el tono de su voz. Podía escuchar el ritmo de sus latidos, la sangre fluyendo acelerada en el interior de sus venas, sus cuellos blandos y sugerentes esperando la embestida de mis colmillos. La imagen de sus cuerpos tiernos desgarrados por mis zarpas me turbaba sobremanera, me relamía compulsivamente y mis pupilas dilatadas reverberaban como estrellas en la noche oscura. Mi único punto débil. Debía calmarme si no quería que mi ansiedad me delatara.

Ya estaba llegando. Sólo me quedaba cruzar la carretera y estaría entre ellos.

Me senté sobre las patas traseras y fijé la vista en la primera casa. El silencio era sobrecogedor. La inquietud me embargaba, la excitación del peligro aumentó mi secreción salivar. Babeaba impunemente sobre el asfalto ligeramente mojado. Estuve así unos minutos, calculando mis posibilidades, olfateando a

mi alrededor para detectar los atajos en caso de huida. También para detectar dónde estaban ellos. Estaban cerca, demasiado quizá. Pero eso no me importaba. Mis tácticas eran muy buenas, totalmente eficaces, asquerosamente devastadoras para los humanos. No sería la primera vez que me encontraría con alguna trampa. El sempiterno hoyo en el suelo camuflado con ramas secas, los hilos punzantes que no se ven, el pedazo de carne putrefacta bajo una red casi invisible, la alarma que suena ante la presencia animal, y otras tantas bobadas, tan fastidiosas como ineficaces. ¡Con cuánta facilidad se ilusionan esos pobres seres erguidos! ¡Y con cuán suma facilidad caen sin remedio en sus admirables errores! En el fondo les admiro un poco por su simplicidad cotidiana. En cambio mi mente funciona sin esquemas. La vida o la muerte, el mejor salvoconducto para la superación y la resistencia.

¿Quién escapa el primero de un incendio, el cobarde o el que está más cerca de la salida?

Quien me aprese se convertirá en un héroe, exhibirá mi cuerpo inerme atado de las patas a un palo, me paseará orgulloso por las callejuelas hasta llegar a la plaza mayor, le harán homenajes y contará su historia una y otra vez, y la historia pasará de generación en generación, tal vez su nombre quede grabado en una placa con letras doradas, por los siglos de los siglos.

Quien sea capaz de apresarme se convertirá en una leyenda. ¡Alabados sean los hombres! Los que queden en pie tras mi paso.

Me acerqué a la casa sigilosamente, no detecté señales de peligro. Merodeé alrededor con cautela, las sombras se encargaban de protegerme, aun así no debía descuidarme, cualquier mínima distracción podía suponer mi muerte. Mi hocico y mis orejas permanecían en alerta constantemente, mis patas dispuestas a huir velozmente en cualquier momento, el pelaje del lomo se me erizaba, mis ojos expectantes y curiosos. Me sorprendió encontrar la puerta de la casa entreabierta, me llegó un suave olor a restos de comida jugosa, era excesivamente tentador, me relamí. Todo indicaba que se trataba de una trampa. Entonces oí los susurros. Corrí hacia la parte posterior del refugio para tratar de ver por alguna rendija o por algún cristal, pero estaba todo cerrado y en calma. Una falsa alarma. Se había levantado una ligera brisa y el columpio del árbol se mecía con rechinamiento. Se veía oxidado, debía estar sin utilizar demasiado tiempo, eso que los humanos consideran demasiado tiempo y que para una bestia como yo no tiene consistencia. Para mí el tiempo apenas cuenta, no me rijo por un ajuste de horas ni de días, lo mido a través de la luz y de la oscuridad, a través de las estaciones, según el frío o el calor,

según las necesidades, según otras cosas que los humanos no perciben, tan incompletos ellos.

Estuve merodeando un poco más, podría haber entrado en la casa, incluso el fuego del hogar permanecía caliente, y recostarme ahí sin que nadie se diera cuenta, pero el riesgo me indujo a marcharme. Recorrí un par de senderos hasta la siguiente casa.

Las tinieblas pesaban convirtiendo la noche en un objeto cercado de inseguridad, con la brisa se mezclaba el retumbo de mis pezuñas, ágiles y feroces, que parecían bailar sobre el camino de tierra que me introdujo en la casa. Un pequeño jardín inacabado. Señales inequívocas de vida humana en reposo. Un desorden algo caótico reinaba en la primera estancia, podría ser lo habitual o un suceso inesperado, con ellos nunca se sabe. Avancé con reticencia hacia la cocina, el olor imperante era extraño, como podrido, me acerqué al cubo de basura, con el hocico retiré la tapa, olisqueé en el interior, papeles, inmundicias que no alimentaban mi estómago, los nervios incipientes me sobresaltaron fugazmente. Me levanté sobre mis patas traseras y me asomé al fregadero, del grifo se escapaban las gotas con languidez. Me llegó la cadencia de la respiración de un habitante. El plomizo silencio era espeluznante, podía ver la sombra de mi monstruosidad acercándose apurada hacia el dormitorio. En el lecho una figura enjuta y quebradiza mediocremente tapada con un harapo, ennegrecida por la desidia. Me provocó un par de arcadas. Mis ansias se acrecentaron. Mis colmillos refulgieron en su cuello. El sabor de su sangre era amargo, insuficiente, enfermizo, muy efímero. No colmó mi necesidad ni mis propósitos. Pero me quedaba mucha oscuridad por delante. Parecía fácil.

Me encaminé con avaricia al siguiente sendero. La baba rojiza bordeaba húmeda mi hocico insaciable. Pude escuchar mis propios gruñidos. La impaciencia me devoraba salvajemente aniquilando cualquier código de piedad. El reguero de sangre cubriría aquella noche el valle.

El siguiente refugio era diferente. Unas luces centelleantes imprimían calidez y armonía a la entrada. Las flores del jardín se ofrecían hermosas. Giré la vista hacia el recoveco derecho, alarmado, tan sólo era una fuente sobre un pequeño lago artificial. Las puertas estaban cerradas, pero me colé por una de las ventanas que, no sé si intencionadamente, habían dejado entreabierta. Olisqueé de nuevo con profusión. Rompí el perturbador silencio con el rugido de mis jadeos. Nada se movió. La crueldad de la noche forzada y el inminente siniestro perturbaron mi ágil embestida. Una contradicción, una horrible contrariedad. La odiosa ternura de los hombres encrespó mi pelaje.

El sudor de su sueño alteró mi salvaje y desgarradora intención. Estaba en la cama, era un niño, casi un bebé. Me asomé a través de la puerta, el cachorro dormía plácidamente ajeno a su suerte, con las manitas juntas apoyadas en el pecho. Primero le miré concienzudamente, resoplando, luego levanté las patas delanteras y las apoyé al borde del lecho, con los colmillos a punto. Un sonido ronco y desesperanzador me hizo retroceder, un grito ahogado me tumbó contra el otro lado, bajo la ventana. Aullé miserablemente, con violencia, con terrorífica hostilidad. Pero más terror había en sus ojos, los dos humanos intentaban ahuyentarme con un grueso palo, la hembra permanecía detrás, con el rostro húmedo y desencajado, su mirada entre la mía y su cachorro. El macho me hostigaba, pálido de desesperación y fragilidad. Temblaba mi hocico por las contracciones, mis gruñidos eran temibles, a pesar de ello, la hembra consiguió alcanzar a su retoño, lo envolvió en sus brazos gimoteando con desolación. Todo a punto de concluir, también la noche que se evaporaba fundiéndose con mi aliento. Retrocedí con benevolencia y ellos respiraron de nuevo. Intensos segundos de miradas cruzadas, quizá gratitud.

De un salto atravesé la ventana rompiendo el cristal, corrí por el sendero, crucé la carretera refugiándome en el bosque, entre las sombras que nunca me abandonan, relamiendo los recuerdos que me fluyen inconscientes, como relamo mis patas heridas, tan hondas heridas que me impiden olvidar el cuerpo exánime de mi cachorro, mi lindo cachorro que ellos me arrebataron condenándome a una vida de venganza y desgarro. Mis pupilas se apagan inteligentemente.

Pero no para siempre. Esta noche aterradora no ha podido ser, mas vendrán otras noches, y el espeluznante aullido del monstruo volverá a salir de mi garganta.

14/12/12

SIN RUMBO FIJO

 ¡Fóllame!

Ese fue mi último pensamiento al mirarle. Estaba tan sumamente atractivo enrollado entre las sábanas que se revolvieron las tripas en mi interior. Me resultaba difícil dejarle para siempre, pero debía hacerlo. Tuve la tentación de acercarme a su cuerpo, revolverle de nuevo el cabello castaño siempre caído sobre la frente, pasar el dedo por sus labios gruesos que tanto placer me habían dado, acariciar una vez más sus muslos firmes, su cintura compacta, su falo poderoso, que calmara por fin mi humedad permanente, pero no era posible. Suspiré levemente, sequé unas breves gotas de sudor que resbalaban por mi cuello y salí de la habitación. Caminé de puntillas por la casa, cargada con la bolsa de mis pequeñas cosas viajeras, cansadas casi tanto como yo del incesante ir y venir de un lado a otro, sin un especial rumbo a seguir ni un objetivo definido que conseguir. Me aproximaba a la treintena y todavía no había permanecido más de tres meses seguidos en un mismo sitio, ni con un mismo hombre. No estaba en mi naturaleza asentarme en un lugar fijo y entregarme a la rutina, mas ya empezaba a pesarme el cambio constante de todas las cosas. Merodeé sigilosamente por las habitaciones echando un último vistazo. Lo hacía siempre antes de irme, para llevarme dentro los recuerdos, para que mi piel resultara impregnada de todo el placer vivido entre esas paredes, y así conservarlo y que se acumulara en la epidermis.

Me quedé unos minutos en la cocina, junto a la mesa, pasando mi dedo por la superficie rugosa y desgastada con restos aún de harina. Habíamos reproducido la famosa escena entre Jack Nickolson y Jessica Lange en “El cartero siempre llama dos veces”. Yo le había estado esperando vestida con un conjunto de sujetador y tanga de encaje negro, con una bata blanca por encima, más parecida a una enfermera que a una camarera, pero daba igual, la luz tenue palió la diferencia, no sólo eso, contribuyó a que nuestros cuerpos ardientes se rozaran con más pasión y ansiedad sobre aquella tabla enharinada. Él me tumbó abriéndome las piernas, metiendo su cadera entre ellas, rompió los botones de la bata y bajándome el sujetador lamió mis pezones con insistencia, ávido de dulce pastel recién hecho. También me rompió el tanga y tras unos interminables minutos de locuaces caricias por mis muslos, por fin hundió su lengua gruesa y caliente entre los pliegues de mi vagina. Se deleitó a conciencia el muy cabrón, y a mí me transportó a un caótico túnel de espasmos incontrolables. Manoteé efusiva para acallar los gemidos que furiosos se desbordaban de mi garganta, pero él me agarró de las muñecas, y aquella presión dominante redobló sin piedad el temblor de mis entrañas. Luego arrastró mi cuerpo agradecido hacia el borde de la mesa, me levantó las piernas sobre sus hombros y sin ningún atisbo de indecisión, me penetró hasta lo más profundo. Dos o tres veces sin salir, empujando sus testículos contra mis nalgas, acariciando el clítoris con los dedos, después sacó su miembro y volvió a meterlo una cuarta parte. Lo sacó y lo metió en mí unas cuantas veces más, con total acierto y satisfacción, hasta dejarlo todo dentro cubriendo por completo el hueco de mi sexo. Restregándose por mis labios húmedos me llevó de nuevo a la locura, y él conmigo descargó su blanco éxtasis al son de un grito extraordinario. La respiración retornó acompasada a nuestros pulmones, más a los suyos que a los míos ya que una vez más, empinado y prepotente, me hizo suya de manera vigorosa. Nos llevamos el paquete de harina al dormitorio y repetimos la escena en la cama sin darnos tregua alguna que sofocara nuestra agitación.

Se me hacía difícil, pero debía marcharme. Con un suspiro desconsolado y sin haber dejado ninguna nota aclaratoria, salí de la casa en silencio con el recuerdo aún en mis ojos de su cuerpo jadeante sobre mi dócil cuerpo saciado.

Dónde me llevarían mis pasos, no lo sabía. Pero estaba segura que no muy lejos encontraría un nuevo amante de cuyos besos se imprimaría mi avariciosa nuca.

Tiré mi dado de la suerte. Si sale par voy a la derecha, si sale impar, a la izquierda. Salió el cuatro y giré hacia la avenida. Las cafeterías levantaban sus persianas al nuevo día y según pasaba por delante oía el sonido espumoso de las cafeteras. Imaginar el vapor saliendo a presión provocó una sonrisa en mi rostro y mi boca se humedeció bajo el deseo de un rico café con leche. Entré en una que me pareció hermosa, por sus cortinas bordadas en un suave color aguamarina que contrastaban salvajemente con el frío mármol de las mesas, de esas de café nostálgico y bohemio. Me pareció un buen lugar y un buen momento para elaborar nuevos esquemas que rompieran con los anteriores, pues nunca me ha gustado arrastrar pesados equipajes en la memoria que no tuvieran que ver con el placer de los sentidos. El camarero puso en la mesa lo que le había pedido. Un humeante café con leche en una taza de porcelana esperaba mis labios ansiosos, mi garganta golosa de reconfortante calor y energía, pero dí prioridad a la ensaimada. Dibujé un corazón sobre el azúcar glasé, ensimismada bajo la atenta mirada del joven camarero, pero enseguida atravesé el dibujo con una flecha y le pegué un mordisco masticando con ganas. Mientras sorbía el café con leche, riquísimo y cremoso, abandoné la vista tras los finos cristales de la ventana. El amanecer ya vencido era cálido y prometedor, su dulce aroma de primavera hervía mi sangre deleitando mis pensamientos. Y no pensaba precisamente en el pasado, ni siquiera el reciente, me concentraba en el futuro inmediato, porque no sabía muy bien por dónde tirar. Podría volver a casa, a la seguridad del hogar paterno, a los acogedores y benevolentes brazos de mi mamá que siempre me perdonaba hiciera lo que hiciera, aunque bien es cierto que nunca hice nada, al menos que se enterara, que pudiera herirla o hacerla sentir vergüenza. Y si se enterara de ciertas cosas, me perdonaría igual. Una madre siempre será una buena madre si tiene una buena hija. Y yo lo era. Otro asunto eran mis secretos íntimos, pero como secretos y como íntimos, jamás se los contaría. No porque no tuviera confianza con ella, sino porque tal vez se escandalizara un poco. Sonreí con picardía y el joven camarero debió de comprenderme, pues se acercó a mí y me preguntó con dulzura si necesitaba algo especial. Le miré fijamente relamiendo mis labios con lentitud, provocándole con un sutil gesto de invitación a un viaje extraordinario de imprevisibles consecuencias. Miró el reloj y me hizo una señal inequívoca de ir al baño privado del local. Me lo pensé unos segundos ya que en mi mente estaba la intención de un cambio sustancial en mi proceder con los hombres. Pero sus redondos y ávidos ojos de un azul perversamente intenso me hicieron decidir que mis planes bien podían esperar un poco más. Allí nos metimos y él cerró la puerta con cerrojo. Con absoluta agilidad me subió sentándome en el lavabo. Me abrió las piernas y bajó mis bragas de encaje. Metió su mano hambrienta por el escote de mi blusa y jugueteó un momento con mis pechos mientras su boca jugosa recorría la curva de mi cuello. Gimoteé como si se tratara de una niña que descubre la travesura del amor por primera vez. Me deshice de su abrazo impetuoso y arrodillándome a la altura de su cintura, le abrí la bragueta y saqué su miembro erecto para lamerlo pausadamente. Su hermosura vigorosa tembló en el frágil equilibrio al que se veía obligado. La tortura de sus espasmos sacudió al fin sobre mis mejillas todo el contenido que el joven camarero guardaba celoso a la espera de una hembra como yo. No hubo palabras entre medias, él continuó firme y arriesgó en mi interior a seguir un camino de potencia asombrosa. Exhaustos y callados, calmamos con el agua fresca el fuego que se resistía a extinguirse de nuestros cuerpos. No me dejó pagar la cuenta y salí hacia mi destino caminando con pasos ebrios sobre el asfalto inestable.

Acabé con la bolsa de mis pequeñas cosas en un hostal coqueto y discreto que ofrecía limpieza y tranquilidad. Estaría ahí unos días sopesando la disposición de volver a casa. Los primeros días fueron buenos y ciertamente tranquilos. Me descubrí inesperadamente renovada y en mis habitualmente infernales sentidos encontré descabellados deseos que jamás imaginé. No eran corporales sino más bien de índole desconocida, tan peligrosos como atractivos. Tuve que salir para desahogarme definitivamente, ya que el resultado de mis reflexiones estaba próximo a ejecutarse.

A la carrera intenté evaporar el ardoroso instinto que me poseía, pero cualquier refugio resultaba vano, las estrategias no funcionaban. Agotada y desilusionada me dejé caer en el más profundo abismo de perdición. Eso pensaba yo.

Escondida entre la multitud reparé en unos labios que se fruncían al mirarme. La solidez de mis caderas se resintió con notoriedad y devolviéndole la mirada quise ya estar bajo el yugo de su poderoso emblema. Él correspondió a mis instintos acercándose a mi lado. Su perfume varonil embriagó hasta la última de mis células corporales. Deseaba ser poseída de inmediato por semejante ejemplar de fornido cuerpo. La imaginación me dolía de tantos pensamientos lascivos, la humedad se me filtró por todas partes de manera incontrolada y él se dio cuenta. Sonrió con aquellos labios provocadores y tormentosos que yo necesitaba en cada pliegue de mi piel. Lo necesitaba con premura, con desgarradora ansiedad. Lo necesitábamos yo y cada una de las partes de mi ardiente cuerpo.

Nos fuimos casi sin hablar hasta su apartamento. Lo tenía todo muy bien organizado, muy masculino, muy funcional. Los muebles justos y la cama enorme. El baño limpio con toallas limpias. Limpio también estaba su cuerpo para que yo lo usara hasta volverme loca. Me invitó primero a una copa que bebí de un trago para calmar un poco la sed que me oprimía desde la garganta hasta el interior de mis muslos. Inusitadamente él me quitó la copa de la mano, me cogió en brazos y me tumbó en la cama. Dijo su nombre, ¿tenía un nombre?, no lo escuché. Abrí los brazos de par en par suplicándole que comenzara de inmediato. Él desabrochó los botones de mi blusa con insoportable parsimonia, estampó esos labios pecaminosos en mi escote y en mi ombligo, me retorcí como una serpiente desesperada en el ataque. Bajó los tirantes del sujetador y humedeció mis hombros con su lengua de lobo. Mis piernas atraparon sus caderas y se enredaron como salvajes lianas. Su boca y la mía se pegaron en un sinfín de acuosos besos mientras mis manos anhelantes dibujaban surcos en su espalda. Su cintura se confundió con la mía y lo mismo estábamos el uno encima que abajo, o de lado. Cuando por fin pude desnudarle por completo, apareció ante mí su impresionante mástil. No pude menos que soltar un gemido anticipado. Él sonrió ligeramente presuntuoso, pero no me dejó acercarme a lo más íntimo de su virilidad, me hizo sufrir de deseo hasta agotarme. Su lengua ágil y fogosa paseó inmisericorde por mis nalgas, lentamente, recreándose entre ellas hasta hacerme bajar de la montaña rusa en que me había montado. Luego destrozó el contorno de mi cuello y mis pezones espigados, pensé que los gemidos atravesarían las paredes, y me daba igual. Sigue, sigue, es lo único que pude decir. Cuando ya creía que a punto de morir de placer estaba, él entretuvo sus dedos ensalivados en mi labios inferiores mientras su confiada lengua se introducía entre mi lengua. Cruelmente se apartó y bajó su boca donde tenía los dedos. Acarició mi clítoris con sus labios y alcanzó mi punto G. Clavé mis uñas en su espalda, sin compasión ninguna, al ritmo de mis espasmos orgásmicos, incapaz de controlar el chorro de mi saliva. Desbordada de excitación le obligué a tumbarse boca abajo. Le levanté las piernas y las caderas y me deslicé bajo su arrogante verga acogiéndola en mi boca con avidez. Era tal la dureza que tuve que improvisar con mis mejores herramientas de amortiguación. Su explosión agridulce inundó mis labios deslizándose feroz por mi barbilla y tras unos minutos de descanso que creí eternos, finalmente sumergió su eficaz torpedo en el túnel de mi cañón y la guerra se desató sin amnistía que valiera. Quedé vencida por completo, nunca una derrota había resultado tan satisfactoria y placentera y quise recuperarme para continuar, pero mis piernas trémulas se rebelaron airadas y tuve que aplazar el combate para una próxima vez. Allí le dejé tumbado, mirando para el recuerdo sus blancas y firmes nalgas y agradeciéndole con un beso el ardoroso cumplir de su estandarte.

En los siguientes días el sol lució esplendoroso y mi sonrisa también. Decidí cambiar el rumbo y darme un merecido descanso, dejando para otra ocasión los devaneos impúdicos que mi mente inagotable se empeñaba en derrochar.

Así es cómo fue mi particular odisea de lujuriosas costumbres desde que salí de casa hasta que volví a los brazos protectores de mi mamá.

13/8/12

ÉL NUNCA LO HARÍA (CONTRA EL MALTRATO ANIMAL)


No me cansaré nunca de decirlo ¡NO ABANDONES NI MALTRATES A QUIEN TE DIO TODO SU CARIÑO Y FIDELIDAD!
Quien así trata a los animales, para mí, es un asesino, y como tal debería estar en la cárcel, de por vida, sin contemplaciones.
Tristemente en España hay demasiados maltratadores, mentes ignorantes y absurdas que comenten tales atrocidades.
Nunca me cansaré de animar a quien guste de los perros, que adopte uno, hay de todas las razas, tamaños y edades a elegir, en todas las ciudades, ¡necesitan tu ayuda!
Si eres un ser humano inteligente, generoso, agradecido, buena persona que gusta de dar amor y recibirlo, no lo dudes, adopta un perrito, o un gatito, o ayuda de alguna manera a que esos indeseables no vuelvan a cometer sus locuras.
Ahora que se marchan de vacaciones, muchos "tiran" a su mascota de cualquier manera, condenándola con toda seguridad a la muerte, cuanto menos a una tristeza incurable, ¡hay que acabar con eso!
Si realmente no puedes llevarlo contigo, dejarlo con alguien de confianza, existen lugares tipo albergues que se encargan de ellos hasta tu vuelta, y no son caros. En el peor de los casos, entrégalo a la protectora de animales, pero ¡NUNCA JAMÁS ABANDONES A TU MASCOTA, Y MUCHO MENOS LA MALTRATES!

12/7/12

HOY NO TENGO GANAS


Hoy no tengo ganas de escribir. Tampoco de vivir tengo ganas.
Anoche me acosté cansada, sería porque no hice nada en todo el dia. Cuando me he levantado seguía cansada, a pesar de haber dormido de un tirón más de 8 horas.
Me ducho a ver si eso me despeja, pero nada, sigo sin tener ganas. No sé, tal vez comiendo algunas galletas o dando un paseo, pero no tengo hambre y no me apetece salir, para salir tendría que arreglarme un poco, no sé, peinarme, maquillarme o algo, y además, ¿dónde voy? Yo no sé pasear por pasear, necesito ir a algún sitio, a algún lugar en concreto para hacer algo determinado, aunque sea una chorrada. Encima hace viento y el viento me molesta enormemente, me tapa los oídos y si no oigo bien, me pongo de muy mala leche.
Además ¡que no tengo ganas!
Podría planchar la montaña de ropa que tengo para planchar ¡uf, qué calor! Pero eso me llevará más de una hora y en diez minutos empieza mi programa favorito de la tele, que me hace reir y me entretiene mucho. Además, ¿para qué planchar? tengo el armario lleno de ropa que me puedo poner y encima no voy a salir, no me hace falta planchar. Ni limpiar los cristales de las ventanas, ya sé que están sucios, pero me da igual, las cortinas los tapan, además no va a venir nadie de visita a quien le importen los cristales de mis ventanas, y si vistos desde fuera se ven opacos, mejor, así las vecinas no cotillean.
¡Y que no tengo ganas, coño!
Me miro al espejo porque siento un peso opresor en los hombros que me dificulta levantarme del sofá, pero no veo más que el pelo que me cae sobre ellos ¡qué bonito cabello tengo! rizado, suave, brillante... ¡hala!
Brillante era mi vida hasta que llegó la crisis, y mi cansancio, y mi mal humor, y mi desesperanza, encima me lo tomé a mal ¿por qué? debo ser tonta, si lo pienso bien es lo mejor que me podía haber pasado: fue la única manera de poder salir del nauseabundo lugar donde trabajaba.
¡Ahora por fin puedo luchar por mis sueños, buscar nuevos horizontes y tratar de conseguir lo que realmente he querido siempre!
SER ARTISTA.
En serio. Artista de la palabra.
Lo intenté con la mirada, quería dejar boquiabierto al personal sólo con mirarle, pero me ponía roja, y eso no quedaba bien, me restaba credibilidad, además hay poca gente que me resista la mirada inquietante y fija que tengo, que parece que me he quedado clavada y embobada mirando algo. Y además se asustan, tal vez crean que intento descifrar sus mentes oscuras o vacías, vete a saber.
Lo intento hablando, mejor ¿no?
Ya me gustaría a mí alzarme en un pedestal, decir cuatro frases impactantes y que la gente reaccione, que el mundo se mueva, que sus cerebros piensen, reflexionen y se pongan en marcha.
Que lo veo todo muy parado, demasiados parados, sí.
Que a perro flaco todo son pulgas, ya lo sé, yo tampoco tengo ganas de reaccionar ahora, he visto lo de las inundaciones en Rusia, pero no poseo dinero para ayudarles ni creo que me dejen ir como ayuda humanitaria, que me conozco, me embarcaría, llegaría allí con mis kilos de comida, agua, ropa, y en cuanto me viera parada por un tonto impedimento burocrático me pondría de muy mala leche.
¡Uf, tantas dudas me pesan! ¿O será mi desgana? ¿O será que estoy a punto de dejar de creer en la realidad y sólo me voy a mover a base de fantasías?
El otro día un niño sucio y torpe me pidió un cigarro y le eché la bronca, porque le ofrecí un bocadillo y se rió de mí, además, niñato ¿para que quieres fumar ahora si está prácticamente prohibido en todas partes?
¿Y si los políticos pensaran más en dar de comer que en si yo fumo o no fumo?
La ignorancia recalcitrante impide la evolución humana, me dijo uno. ¿Mande?
Como ellos se van de viaje a Punta Cana...
¡Coño, ya está! Que vaya el Julio Iglesias a cantar a los países pobres, a ver si llueve café y se produce un tsunami de patatas, harina, fideos y vida.
Si yo tuviera ganas y el don de la palabra, obligaría a todo el mundo a ser feliz, a ayudar a los demás, a olvidar el egoísmo y la avaricia, a aprender a amar sin condiciones ni colores, estén los bolsillos vacíos o llenos, a dar sin intereses ni comisiones. A simplificar las cosas hombre, que no debe ser tan difícil.
Pero tal vez lo haga otro día, que ahora estoy cansada y no tengo ganas.
Y además ¿alguien me escucharía?

28/6/12

TODO LO QUE ODIO (6ª PARTE)


Odio este calor inmenso tan pegajoso que ni con ventilador se va.
Odio abrir una lata de atún y que esté bañado en aceite, aunque sea de oliva.
Odio estresarme por llegar puntual.
Odio las cosas a medias.
Odio las constantes llamadas de las compañías telefónicas (¿que aún no ganan bastante?)
Odio a los que se creen el ombligo del mundo.
Odio a las tontas intolerantes que siempre creen tener razón.(Al final de la historia siempre se quedan solas porque no hay quien las soporte)
Odio a las que van de mosquitas muertas y son verdaderas serpientes venenosas.
Odio a los que se creen que sus obras son las mejores del mundo.
Odio a todos los que critican la Fórmula 1 en Valencia.
Odio a las que dicen que Piqué es guapo, puaf.
Odio a los que piensan que Cristiano Ronaldo es prepotente.
Odio llegar a mi cafetería preferida y no encontrar mesa libre.
Odio la ley antitabaco en España.
Odio el dolor de muelas, el dolor de cabeza, el dolor de rodillas, el dolor de lumbago, el dolor de la mente y el dolor del corazón.
Odio que salpiquen de arena mi toalla.
Odio la luz intensa porque me hace fruncir el entrecejo y parece que estoy enfadada.
Odio a los que piensan que tengo mala leche cuando lo único que tengo es carácter.
Odio que me interrumpan cuando estoy sumida en el silencio.
Pero me gusta el café muy, muy helado, me gusta tener mi mundo de fantasía, me gusta dar paseos sin destino ni prisas, me gusta escribir cosas que nadie más que yo entiende, me gustan las tormentas de verano, me gusta que mi chico me abrace porque sí, me gusta tener secretos, me gusta reír hasta que me duela el estómago, me gusta ser española y más me gustaría ser una española triunfadora.

20/6/12

HOY MI INSPIRACIÓN ESTÁ ANTIPÁTICA



Hay días que tengo la inspiración adormecida, guardada en un cajón que abro y la miro, ella tan quieta ahí refugiadita en su oscuridad, y le pregunto ¿qué tal, estás bien ahí solita? ¿No quieres venir conmigo un ratito? ¡Anda, no seas mala! ¡Ven a mi lado un poco y hazme compañía! Yo sabré agradecértelo seguro.
Pero ella no quiere, se da la vuelta y me ignora. Le hago juegos malabares y nada. Le canto una canción divertida y nada. Le cuento un chiste y nada. Le hago cosquillas y nada. Se me queda impasible y antipática sin hacerme caso.
¡Tonta!
Hago como que me doy por vencida y la dejo tranquila en su cajón. ¡Ya saldrás mala víbora! Y entonces me buscarás tú a mí y yo no estaré.
¡Que no! Eso lo digo a ver si reacciona, pero nada, que esta dichosa inspiración que tengo no quiere salir de su cajón, hoy está gruñona y arisca, me araña si intento acercarme, me mira mal.
¡Y yo que la necesito tanto!
Ah ya. Será que se siente utilizada, que piensa que sólo la busco cuando me conviene y para mi beneficio, ¡cómo es mi inspiración que está tan equivocada! Que yo la quiero a todas horas conmigo, a mi ladito, para hacerle confidencias y arrumacos, para ser amigas íntimas, para viajar juntas a todas partes del mundo y si se tercia del universo, por el pasado, el presente y el futuro. Que la quiero porque la aprecio, porque sé que vale mucho, porque es la más guapa del mundo, la mejor, la que me hace reír y soñar y vivir y ser feliz. Porque me da los mejores momentos del día y de la semana.
¡Ay, ay, tontita inspiración! Abre ese cajoncito de una vez y vente a mi lado, que te haré cosquillitas y te contaré una historia de hadas y princesas, de dragones y duendes, de malvados y héroes, de batallas vencidas y lunas brillantes de noches inolvidables.
No seas antipática inspiración.
¡Vaya! creo que ha hecho efecto. Se ha conmovido por mis sentimientos y ahora la veo asomar la cabecita, ella también me necesita y yo la recibo feliz en mis brazos y por fin, juntitas y melosas, nos disponemos a visitar un castillo iluminado en un mundo fantástico.

4/6/12

EL FUEGO Y EL AGUA



El hombre de fuego estaba enamorado de la mujer de agua, y ella le correspondía, pero no podía tocarla, apenas se acercaba a ella, ella se evaporaba. Luego caía una fina, persistente y cálida lluvia y él se extinguía volviendo al infierno.
El hombre de fuego pasaba las horas pensando cómo aplacar su calor intenso, para poder acercarse a la mujer de agua y no evaporarla.
Ella no dormía intentando descifrar la manera de solidificar su humedad, para poder tocar al hombre de fuego y que él no volviera al infierno.
El hombre de fuego y la mujer de agua se amaban en silencio y la distancia, que a decir verdad no era mucha, ponía entre ellos una barrera de hielo que no sabían cómo derribar.
A través del hielo, que estaba limpio y transparente, ellos se miraban y se lanzaban besos.
Un día, apareció la Primavera y en los árboles del bosque prendieron un montón de flores, y de frutos jugosos que ellos no podían comer.
Cuanto nmás color había en el cielo, ellos más se deseaban y cuanto más grueso era el hielo más intentaban romperlo.
Allí estaban mirándose a través de la barrera, cuando una estrella se acercó y puso una luz entre ellos. El hielo se derritió.
El frío intenso del suelo secó el fuego del hombre y en un instante lo sacó del infierno. El agua, envidiosa, se juntó con la estrella y también se secó no pudiendo ya evaporarse.
Así quedaron frente a frente, mirándose fija e intensamente, el hombre que ya no era de fuego y la mujer que ya no era de agua.
Juntaron sus cuerpos y se besaron largamente, bajo la luz de la estrella.
Cuando se hizo de día ya no hubo infierno ni lluvia que asolara la tierra. El sol resplandecía.
Muchos años después aún hay personas sonrientes que dejan un vaso de agua al lado de una vela encendida. Dicen que hacer eso atrae al amor verdadero.

28/5/12

IMAGINAR PARA VIVIR


Soy escritora, o al menos intento serlo. Para ello hago uso de mi desbordante y terrible imaginación.
¡Ah, la imaginación!
Puede ser buena para escribir, para leer, para soñar, para aliviar las penas o aumentarlas, pero cuando llega el momento de la vida real, la imaginación se puede convertir en un verdugo implacable y letal.
A mí incluso me han insultado alguna vez por tener fantasías. Me han criticado, se han burlado, me han hecho de menos, me han negado como amiga y otras cosas que no quiero imaginar.
Pero yo necesito la imaginación precisamente para eso, para salir a ratos de la vida real, para poder sumergirme en vidas y en historias que no son las mías, para poder encontrar un momento de descanso y un lugar donde esconderme. Para hacerlo todo a mi medida, a mi ritmo, a mi conveniencia. La necesito para que todo me salga bien.
Y entonces me doy cuenta que soy víctima de ese poder infinito, la imaginación es mi cárcel y no mi libertad.
Si no imaginara no existiría el futuro, tampoco el pasado.
No existiría el dolor, tampoco la sonrisa.
No existiría el amor, tampoco los cielos azules.
No existiría el vacío, tampoco el mundo perfecto.
Que me critiquen, que me insulten, que me hagan de menos, que me rechacen, pero yo necesito la imaginación para vivir, para sentirme viva, para escribir, para soñar, para escapar, para ser yo como soy sin que a nadie le importe.
Aunque sufra.

8/5/12

LA LECTORA EMBELESADA


Ella no era la chica más hermosa que uno pudiera encontrar, ni tampoco era la más alegre, a decir verdad, siempre la vi con una tristeza profunda en sus ojos extraños. Su piel pálida de porcelana causaba envidia a la misma luna llena y yo caí en ella como un lobo hipnotizado. Era callada y orgullosa, esquiva, déspota e insoportablemente atormentada.
En la cafetería siempre sentada en la misma mesa, leyendo compulsivamente el mismo libro, una y otra vez. Lo acababa y volvía a empezar. Yo la miraba y no sé si ella se daba cuenta. Con sus rizos cayendo en los hombros al mismo ritmo que latía su corazón, intermitentemente.
Me enamoré de ella sin remedio. Sin conocerla. Sin saber su nombre. Sin saber si ella alguna vez vio en mí algo más que una sombra sentada en la mesa de al lado.
Me extasiaba al ver sus manos pasar las páginas de aquel libro infinito, de vez en cuando sus labios finos, suavemente maquillados de rosa, se contraían en un gesto indefinible, o se separaban con levedad haciendo saltar todos los resortes de mi instinto masculino. Me hubiera gustado salvarla de esa lectura que la aprisionaba como a un lechón sin futuro, me hubiera gustado llevarla a mi casa y protegerla con mis abrazos. Toda ella en su rareza parecía tan frágil, tan necesitada, tan despiadadamente ignorada…tan descaradamente bella.
En ningún momento de todos aquellos meses en los que pude contemplarla, osé acercarme a ella siquiera para preguntarle la hora, ¡dichosas palabras que separaban sus ojos de los míos!
Algunos días en la terraza, el viento revolvía sus cabellos y con una gracia de niña salvaje, ella los retiraba de su rostro embelesado. Qué hubiera dado yo por agarrar esa mano suya tan pequeña e intensa, y llevármela por paisajes imaginados. No sé que historias nublarían su mente mientras leía sin interrupción, no sé qué locuras singulares tramaría en su soledad, pero sí sé lo que me hubiera gustado compartir con ella.
¡Qué idiota fui de no acercarme nunca!
Hasta que ya no la vi. Un día “su” mesa estaba vacía, sin ella leyendo, sin su libro en las manos, sin su cabello alborotado, sin su osada y desconcertante figura entremetida en las líneas. Cuánta desesperación. Ni al mes siguiente, ni al otro. Me atreví a preguntar y no supieron contestarme. Tal vez fue un sueño de mi emborronada mente fugaz. Quise volver a soñar y no pude. Qué maldito sueño fue aquel que me hizo tan feliz.

17/4/12

HOY ES MI CUMPLEAÑOS


Hoy es mi cumpleaños y me autofelicito por ello ya que son bastantes años y no todos han sido fáciles ni bonitos. Me alegro de cumplir años, me alegro de seguir viva y de sentir y de que mi corazón siga latiendo y deseando un abrazo de felicitación. Muchos amigos nuevos y algún que otro incondicional ya me han felicitado o lo están haciendo, juro que no voy a pasar lista pero echo en falta algunos en especial. No me quejo. Sé quién soy y lo que vive dentro de mí y sólo espero vivir bastantes años más y seguir autofelicitándome por mi cumpleaños, a ser posible desde este blog.
Gracias a la vida (aunque a veces la odie) que me mantiene junto a ella. Gracias a los que han sabido ver en mí a una buena persona, a una mujer luchadora y a una soñadora sin límites. Gracias a vosotros.

12/4/12

TODO LO QUE ODIO (5ª PARTE)

Odio a Carmen Lomana y su eterna cara de pasmada.
Odio el vuelo raso de los aviones sobre mi tejado.
Odio no vivir en un ático (ese es el sueño que me quita el sueño).
Odio no vivir en una casa de campo con cinco perros y dos gatos.
Odio el viento fuerte que me revuelve el pelo.
Odio las falsas promesas.
Odio el crédito hipotecario.
Odio despertarme quince minutos antes de que suene el despertador.
Odio olvidarme de apagar el despertador los días de fiesta.
Odio que me rozen los zapatos.
Odio tener agujetas (aunque me quede el cuerpo estupendo después de hacer ejercicio).
Odio los petardos aunque sea valenciana, y a los petardos también.
Odio (ya por hartazgo) las sagas de vampiros, zombies, fantasmas y fantasmones.
Odio a los críticos españoles de cine (no tienen ni idea y además un gusto pésimo).
Odio los libros de autoayuda. ¡TODOS!
Odio que me dejen con la palabra en la boca.
Odio a los inseguros que buscan la perfección.
Odio que mujeres con belleza e inteligencia sólo se preocupen de la belleza.
Odio a los que tiran desperdicios al mar, al río, al bosque, a la calle...
Odio a los que no paran nunca de hablar (¡nunca escuchan!).
Odio a los graciosos de turno.
Odio los pantalones de campana.
Odio al pesimista que no intenta curarse.
Pero me gustan las montañas nevadas, me gusta el chocolate negro, las trufas heladas, los paisajes por descubrir, salirme de la ruta turística y ver de verdad la ciudad, que me den un beso para animarme y una caricia de complicidad.

7/4/12

EL CABALLERO Y SU DONCELLA


Érase una vez un caballero hacendoso y atractivo que llegó de tierras lejanas al país de la eterna primavera. Recorrió a lomos de su caballo zonas inhóspitas y zonas espléndidas y en ninguna de ellas, aunque habitara un tiempo, encontró la hermosura que andaba buscando. Habló con magos, con duendes y hadas, pero continuó sin saber en qué momento y dónde encontraría el objeto de su deseo. Vagó pesaroso por infames desiertos, escaló montañas y fondeó los mares. Ni sirenas, ni aves, ni dulces frutos halló.
Tras largos años de búsqueda incansable, el caballero empezó a sentirse desilusinado y pensó en volver a su lejana tierra.
De pronto una noche, una tierna y luminosa libélula, llamó a su ventana.
-No desesperes hacendoso caballero, pronto tendrás tu recompensa -le dijo alegre la libélula marchándose bajo la luz de la luna.
El caballero quedó extasiado antes tales palabras y emprendió de nuevo la búsqueda de su objetivo.
Pero pasados unos meses tampoco lo encontró. Ya no quiso volver a su tierra pero olvidó la belleza que deseaba tener y se centró en quehaceres más rutinarios. Un día, al salir de una hacienda donde realizaba tareas de ayuda para una pobre familia, tropezó su caballo con una gran piedra. El caballero fue a parar al suelo y una mano suave y delicada se extendió a su lado para ayudarle. El caballero, agarrando la pequeña mano, irguió de nuevo su figura y quedó sin habla. La doncella le miraba con curiosidad y una sonrisa entrecruzaron que lo dijo todo.
El caballero le propuso que fuera con él a su humilde morada y allí la invitaría a degustar unos fríos canapés. La doncella, hipnotizada por su melosa voz y su increíble atractivo, aceptó la oferta y juntos partieron en lomos de su lindo corcel.
Al día siguiente, tras locas frases de amor y admiración intercambiadas, tras innumerables besos, caricias y miradas, el caballero alzó a su doncella junto a él, bien apretada, y enamorados marcharon a vivir su particular y hermosa aventura por siempre jamás.

28/3/12

TODO LO QUE ODIO (4ª PARTE)

Odio a esas parejitas cursis,ñoñas y atontadas, que se dicen el uno al otro "cari" (se dice ¡¡CARIÑO!!), la palabra entera, si supieran lo mal que suenan... Pues entonces yo a mi amor le llamaré "a", "hola a, ¿cómo te ha ido el día?, ¿ay a, ¿me abres el bote de tomate?, toma a por ser tan guapo..
Odio a las mujeres exhibicionistas y vulgares.
Odio a los que no tienen clase (Clase se puede tener hasta para cerrar una puerta en las narices de alguien).
Odio a la gente que se chiva.
Odio el (para mí) timo de la autoayuda.
Odio la estupidez en general.
Odio las suelas que resbalan.
Odio la intransigencia de los tan seguros de sí mismos ante opiniones diferentes.
Odio no dormir suficiente.
Odio que se me tapone la nariz.
Odio el abuso de poder (demuestra inseguridad y negligencia)
Odio que los teleoperadores repitan mi nombre cada dos palabras.
Odio a los que me hablan despectivamente.
Odio que el conductor del autobús no me abra la puerta a dos metros de la parada.
Odio a los que no entienden lo que es un producto.
Odio a los que no saben aceptar la verdad y te amenzan con denunciarte por faltar a su honor.
Odio a los que odian al "Doctor House".
Odio que las películas españolas siempre, siempre, tengan que incluir un desnudo femenino sin sentido alguno.
Odio el pasotismo por sistema o como medio de expresión.
Odio el "todo vale".
Odio que el color blanco de la ropa se amarillee.
Odio que los leones sean animales salvajes y no mascotas para tener en casa.
Odio los cortes de publicidad de 20 minutos.
Odio a los que compraron su triunfo.
Odio las etiquetas de las camisetas que pican en la espalda.
Odio que no me dejen odiar.
Pero me encanta contemplar la lluvia en una mañana tranquila, resguardada bajo la gran sombrilla en la terracita de un bar con encanto. Y también me encantan las lágrimas que humedecen las mejillas cuando son de emoción. Y me encanta tener este blog para poder decir en voz alta todo lo que odio (que para eso es mi blog).

23/3/12

SEXO Y CAFÉ


¡Necesito un café!
Era el primer pensamiento que Olivia tenía todas las mañanas, de lunes a domingo. Al primer zumbido del despertador, alargaba el brazo y lo apagaba de un manotazo. Luego se repetía mentalmente “necesito un café, necesito un café, necesito un café”, incansablemente hasta que ya se había levantado, duchado y vestido. Entonces entraba en la cocina, y de manera delicada y precisa, casi con amor incondicional, se preparaba el café que tanto ansiaba. Si alguien la hubiera interrumpido en ese momento del día tan sumamente vital para ella, lo hubiera matado por lo menos de cuatro mil puñaladas.
Salvo que ese alguien le pidiera sexo.
El cuerpo esbelto y precioso de Olivia necesitaba cada vez más café, y más sexo. Cuanto más ociosa estaba más pensaba en ello, y últimamente pasaba demasiado tiempo ociosa.
Sorbía con deleite y parsimonia, oliendo el aroma intenso en cada trago, mirando por la ventana las nubes casi transparentes que rayaban el ácido azul del cielo.
De repente se acordó de él, fue por las nubes o tal vez por el cielo, lo que fuera le hizo sonreír. Siempre mirando por la ventana mientras tomaba café se acordaba de él, y siempre sonreía. Recordaba cada detalle de cada momento, de sus besos y de su cabello, de las caricias y las palabras y sus ojos oscuros puestos sobre ella con admiración.
Solían quedar una vez por semana, más o menos, en el mismo bar, a tomar un café, a veces un almuerzo, según el tiempo, y luego se metían en el coche a hacer el amor, como dos jovenzuelos aunque ya no lo fueran. Esa mano de él, recia y delicada, recorriendo el cuerpo de ella, y esos labios al unísono satisfaciendo cada uno de sus deseos.
El café caliente y el cuerpo también.
Luego él se marchaba y ella se regodeaba esperándole, aún con el sabor y el aroma pegados en el corazón.
Así tanto tiempo.
Las nubes no parecían querer marcharse y unos brazos cálidos la abrazaron y dejaron un beso en su cuello.
-Bueno días amor ¿qué tal el café?
-Excitante –contestó Olivia.
-¿Quedamos dentro de un rato como siempre?
-Claro amor, en menos de media hora estaré allí.
-Allí te espero –contestó él-. Y no se te olvide llevar las invitaciones para nuestras bodas de plata ¿de acuerdo?
Olivia asintió. Giró de nuevo la vista hacia la ventana y terminó su café.
Luego el sexo, y más café.

9/3/12

ME GUSTAN LOS VIERNES


Me gustan los viernes, también me gustan los sábados porque casi siempre voy al cine y adoro ir al cine. Pero los viernes casi que me gustan más porque son la antesala del fin de semana, tal vez no me lo pase mejor los fines de semana y además me da igual ya que no tengo trabajo y los días parecen iguales unos a otros, aún así, los fines de semana mantienen su aura especial y divertida, o aunque sea sólo por quitarme el stress de no tener nada que hacer (y no porque lo quiera yo así). Entonces el viernes es ese día en que abres la ventana y vislumbras un sol diferente y haces las cosas con otro ánimo, a veces con rapidez, como si no lo hubieras hecho en los cuatro días anteriores, o como si se fuera a acabar el mundo esa misma tarde, y piensas en la última hora, ya no tienes prisa, te relajas y comienzan en tu estómago las inquietudes de un posible final y de un posible y mejor principio, como si al siguiente lunes todo fuera a cambiar y la vida se convirtiera en un paraíso de colores donde todo será fácil y precioso, donde nadie te amargue ni te diga de nuevo "no y no".
Me gustan los viernes cargados de esperanza y sobre todo porque dejo mi conciencia tranquila y satisfecha porque hice todo lo que pude y supe hacer aunque nadie lo entendiera y lo apreciara.
Me gustan los viernes porque acabo un pequeño sufrimiento y me olvido durante dos días de la cicatriz que me dejó.
Me gustan los viernes porque ya puedo caminar más despacio y renovar dentro de mí un montón de ilusiones, nuevos sueños, expectativas y tal vez, alguna nueva maldad.
Me gustan los viernes porque producen en mí como un regustito que no sé muy bien explicar, pero seguro que me entiendes.

24/2/12

MI ESTRELLA


Si un día cae una estrella del cielo, seguro que cae sobre mi cabeza. No sobre otra cabeza, o una cabeza cualquiera, no, sobre la mía. Me halle donde me halle me caerá encima. Y si se tiene que desviar de su trayectoria, se desviará, fijo. Entonces yo seré una mujer con una estrella. De ahí a tener tres o cuatro, nada, cuestión de tiempo.
Luego le preguntaré a la estrella:
-¿Por qué mi cabeza?
Y ella contestará:
-Pues no sé, porque es más brillante, o más grande, o más pequeña, o porque digo esa misma que está ahí, o porque tenía que elegir una y te ha tocado a tí.
Después añadirá ante mi sonrisa:
-Enséñame cómo es tu casa.
-Es que yo me voy a dormir -diré yo.
-Es que cuando se haga de día desapareceré -dirá ella.
-¿Y no volverás?
-No lo sé.
-Vale, te enseñaré mi casa.
Me la llevaré primero a dar una vuelta por la ciudad, bajo otras estrellas que no cayeron, a la luz de la luna, paseando por las calles semi desiertas pero alegres, la invitaré a tomar un refresco, le contaré mil cuentos que sólo a mí se me ocurren, le cantaré unas pocas canciones y luego, cuando estemos cansadas, la subiré a mi casa para que vea dónde vivo. Charlaremos un buen rato asomadas a la ventana y ella dirá que qué lejos se ve el cielo, pero qué bonito. Se nos pasará la noche en un pis-pas y cuando esté cerca el amanecer, ella dirá:
-Me quedo.
Y yo contestaré:
-¡Qué bien, ya tengo una estrella!

16/2/12

COSAS QUE ME PIDO (2ª PARTE)

Segunda lista de cosas que me pido:
Me pido columpiarme en el pico de la luna cuando está creciente.
Me pido la inspiración constante.
Me pido una ensalada sin cebolla.
Me pido el silencio cada vez que lo necesite.
Me pido un trocito de cielo para mí sola.
Me pido un ramo de margaritas.
Me pido un vestido de lentejuelas.
Me pido que el dichoso vecino de arriba deje de arrastrar los muebles.
Me pido un viaje literario.
Me pido una hamaca colgada de un almendro en flor.
Me pido un trabajo que me haga feliz.
Me pido despertar mañana y saber hablar y escuchar en todos los idiomas.
Me pido una estrella que me salude todas las noches.
Me pido que cuando hagan la película de mi libro, Angelina Jolie interprete el personaje de "la Jefa".
Me pido una lista de sucesos maravillosos.
Me pido una canción que no olvide nunca.
Me pido hilo y aguja para coser mis heridas.
Me pido un latido de amor.
Me pido un cadillac rosa.
Me pido un día entero tumbada a la bartola.
Me pido un rayo de sol, y una tarde de verano, y un amanecer sobre mi cabeza, y su mano en mi cintura, y sus labios en los míos y un paraíso para compartilo con él.

7/2/12

COSAS QUE NUNCA HARÉ

Lista primera de cosas que nunca haré (lo más seguro, aunque nunca se sabe):
Nunca iré a Alaska, a Laponia o a Rusia (en invierno claro, aunque ojala pudiera ir alguna vez en verano).
Nunca maltrataré a ningún animal.
Nunca comeré saltamontes, escarabajos, moscas...
Nuna volveré a subir a la montaña rusa (ni a ninguna atracción de feria, tengo vértigo).
Nunca le partiré la cara a alguna que yo me sé (y no por falta de ganas).
Nunca dejaré de ser amiga de mi mejor amiga.
Nunca renegaré de mis defectos (pero igual los disimulo destacando mis virtudes).
Nunca patinaré sobre hielo.
Nunca seré equilibrista en el circo (ya lo soy en la vida).
Nunca dejaré de admirar el mar.
Nunca viajaré en cohete.
Nunca dejaré de soñar.
Nunca dejaré de anteponer mi corazón a mi cabeza.
Nunca permitiré que nadie estropee mis sueños.
Nunca daré prioridad a las malas personas.
Nunca olvidaré mis momentos más felices.
Nunca conduciré bebida, hablando por el móvil, sin ponerme el cinturón de seguridad y/o picándome con algún absurdo imitador de piloto de fórmula 1.
Nunca perderé la emoción de amar.
Y siempre, siempre, siempre, conservaré la ilusión de intentar ser feliz.

1/2/12

ESTO ES SENCIILLAMENTE HERMOSO


Esta imagen pertenece a Gladis Alicia Iribarren, he hecho el enlace a través de Facebook.
Impactante, bella, extraordinaria, ahora vuelvo a creer en el ser humano. No se pueden añadir más palabras.

26/1/12

COSAS QUE ME PIDO

LISTA (REDUCIDA) DE COSAS QUE ME PIDO:
Me pido una pizza con todo.
Me pido un viaje a New York.
Me pido una visita a todos los castillos de Escocia.
Me pido una puesta de sol en Grecia.
Me pido una noche mirando las estrellas.
Me pido un café en la mejor terraza de París.
Me pido un hotel con encanto.
Me pido un día entero de loca pasión (y 6, y 18, y 342, y 1045, y 12896).
Me pido la chispa de la vida.
Me pido una sesión de cine y palomitas.
Me pido una portada en Interviu (eh, que yo aún puedo)
Me pido ser la mujer del año en la revista People.
Me pido una tarde de risas.
Me pido el regalo más bonito del mundo.
Me pido el mar frente a mi ventana.
Me pido un paseo en una mañana soleada.
Me pido una flor que no se marchite.
Me pido la luna si él me la consigue.
Me pido un sabor dulce en los labios que nunca se acabe.
Me pido una sonrisa incomparable.
Me pido un beso, un abrazo, que alguien me coja la mano y me haga feliz.
Me pido, me pido...
Y a veces también me pido que el maldito universo se olvide de mí.

19/1/12

TODO LO QUE ME GUSTA (PRIMERA PARTE)

En vista de que ha empezado el año y una luz se ha encendido sobre mi cabeza para darme ánimos, quiero hablar un poco de cosas que me gustan y no de cosas que odio (aunque eso ya tendrá siguiente capítulo). Ahí va:

Me gusta un almendro en flor, me gusta la primavera, me gusta la playa en invierno, me gusta entrar en el cine cuando aún está la pantalla en blanco, las luces encendidas y todas las butacas libres para que yo elija la que más me guste, me gusta la gente que aplaude al acabar la película, me gustan los perros grandes, me gusta ver la tele refugiada en el sofá, o en unos brazos calientes, me gusta un abrazo cuando lloro, me gusta el color rosa, me gusta que todos tengan trabajo, me gusta escribir en hojas cuadriculadas, me gusta la gente que no es cuadriculada, me gusta no odiar, me gusta dar un paseo cogida de la mano de mi amor, me gusta la luna llena, me gusta que me gusten muchas cosas.
También me gustaría viajar a Estados Unidos, Estado por Estado, y escribir una columna semanal en el New York Times, y que la casa se limpiara sola, y que Internet nunca se colgara, y tener margaritas en mi balcón y ver el mar desde la ventana, me gustaría leer sin parar y escribir en todos los idiomas, que todas las palabras que me salen del corazón la gente las entendiera.
 

10/1/12

TODO LO QUE ODIO (3º PARTE)

Odio el primer día de rebajas, odio que llueva cuando estreno zapatos, odio a las moscas cojoneras y a los moscones también. Odio que se atasque el lavabo, odio a los que no se duchan, odio que se me rompa una uña, odio el sudoku, odio el suelo de goma con redondelitos, odio a los que se levantan de la butaca del cine antes de que salga el "The end", odio las puertas de los cuartes de baño sin cerrojo, odio a los que no lo tienen claro, odio que interrumpan mis pensamientos cuando estoy mirando el mar, odio los impulsos de rabia, odio a los que tergiversan las cosas, odio la impaciencia, odio los sabores extraños y odio a los que se vuelven extraños cuando antes eran dulces.
Pero me gusta un café con leche en una buena terraza, me gustan los concursos de la tele, me gusta una buena amiga, un buen chico sincero, una buena tortilla de patatas, una puesta de sol, un profundo beso. Me gustan tantas cosas que no tengo...